A medida que los viajes espaciales se extienden más allá de la órbita terrestre, los astronautas estarán expuestos a la radiación cósmica durante largos periodos, lo que plantea importantes riesgos para su salud. Entender este entorno de radiación y su impacto en la fisiología humana es esencial para mitigar posibles efectos adversos.
En este contexto, la misión Artemisa I, lanzada en 2022 sin tripulación a bordo, representó un hito clave. A bordo de la nave Orion de la Nasa, se instalaron diversos sensores de radiación, incluyendo dos maniquíes llamados Helga y Zohar. Esta misión, además de ser un paso importante hacia el regreso de la humanidad a la Luna, permitió por primera vez la recopilación continua de datos sobre radiación en el trayecto entre la Tierra y la Luna. Hoy, los investigadores de la Agencia Espacial Europea (ESA), el Centro Aeroespacial Alemán (DLR) y la NASA han publicado los primeros resultados de estas mediciones en la revista científica Nature.
Los resultados muestran que la exposición a la radiación dentro de la nave Orion varió significativamente según la ubicación del detector. Las zonas más protegidas brindaban hasta cuatro veces más protección que las menos blindadas, validando así el diseño de la nave en cuanto a su escudo contra la radiación. Además, los niveles de radiación durante eventos solares importantes en las áreas más protegidas del módulo se mantuvieron por debajo de los 150 milisieverts, un nivel considerado seguro para evitar enfermedades agudas por radiación. La orientación de la nave también influyó en la exposición, con una rotación de 90 grados durante el sobrevuelo del cinturón interior de Van Allen que redujo la radiación en un 50%, información valiosa para futuras misiones tripuladas.
La ESA contribuyó con cinco dosímetros móviles que se colocaron en varios puntos del interior de la nave para medir la radiación. Esta tecnología tiene su origen en sistemas previamente probados por los astronautas Andreas Mogensen y Thomas Pesquet durante sus misiones iriss y Proxima en la Estación Espacial Internacional. Un sistema similar se está desarrollando para la estación Gateway, que será crucial en futuras misiones lunares.
El equipo internacional continúa analizando los datos obtenidos durante los 25 días del vuelo de Artemisa I, incluyendo la comparación entre Helga, quien voló sin protección, y Zohar, que llevaba un chaleco protector. Estos datos son fundamentales para garantizar la seguridad de los astronautas en futuras misiones Artemisa.
«La misión Artemisa I marca un paso crucial en nuestra comprensión de cómo la radiación espacial afecta la seguridad de futuras misiones tripuladas a la Luna», explicó Sergi Vaquer Araujo, líder del equipo de medicina espacial. «Los monitores de radiación en la cápsula Orion nos están proporcionando información valiosa sobre cómo interactúa la radiación con el blindaje de la nave y cuáles son las áreas más protegidas. Este conocimiento nos permitirá estimar con precisión la exposición a la radiación para los astronautas de la ESA antes de que se aventuren al espacio profundo, asegurando su seguridad en misiones a la Luna y más allá».











