A las 00.37 hora española del jueves 2 de abril, la Nasa ha lanzado con éxito la misión Artemisa II, con cuatro astronautas a bordo, desde el Centro Espacial Kennedy en Florida. El lanzamiento devuelve la exploración espacial a un escenario que no se visitaba desde el Apolo 17 en 1972 con el objetivo de establecer una presencia humana continuada más allá de la órbita terrestre.
Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch, de la Nasa, junto con Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense, llevarán a cabo una misión de 10 días que les va a permitir validar en condiciones reales los sistemas de soporte vital, navegación y comunicaciones de la nave Orion.
Se trata del primer vuelo con astronautas del programa destinado a sentar las bases de una arquitectura permanente en la Luna que permita extender la actividad humana hacia destinos más lejanos, como Marte. Mientras que las misiones históricas concentraron su actividad en estancias limitadas de apenas 16 ó 17 días acumulados sobre la superficie lunar, el nuevo enfoque aspira a mantener infraestructuras operativas durante al menos 15 años, con presencia humana recurrente durante varios meses al año.
Este objetivo condiciona toda la arquitectura del programa, desde el diseño de las naves hasta los sistemas de soporte vital y las futuras infraestructuras orbitales y de superficie. Uno de los elementos clave es la elección del polo sur lunar como área prioritaria de operaciones. A diferencia de las zonas ecuatoriales exploradas en el pasado, esta región alberga reservas de agua en forma de hielo, un recurso estratégico para sostener la actividad humana. Su aprovechamiento permitiría no solo cubrir necesidades básicas, sino también producir oxígeno, hidrógeno y potencialmente combustible.
La utilización de recursos in situ se configura así como un pilar esencial. Transportar todos los suministros desde la Tierra resultaría inviable desde el punto de vista económico, lo que convierte a la autosuficiencia parcial en un requisito imprescindible.
Artemisa II: validación en condiciones reales
Tras el vuelo no tripulado de Artemisa I en 2022, la misión Artemisa II ha incorporado por primera vez una tripulación compuesta por cuatro astronautas. Será la misión que lleve a la tripulación más lejos de la Tierra que cualquier ser humano en más de medio siglo. El perfil de misión incluye una fase inicial crítica en órbita terrestre, durante la cual los astronautas pilotaron manualmente la nave para verificar el correcto funcionamiento de los sistemas. Este procedimiento permitirá asegurar la viabilidad de la misión antes de iniciar la trayectoria hacia la Luna.
Una vez superada esta etapa, Orion completará su trayectoria alrededor del satélite, donde se llevarán a cabo nuevas pruebas antes de emprender el regreso a la Tierra. La misión permitirá, además, recopilar datos relevantes sobre la exposición a la radiación y el impacto del espacio profundo en el cuerpo humano.
Las investigaciones asociadas al programa abarcan ámbitos como la medicina, la robótica, la energía o la ciencia de materiales. La experiencia acumulada en programas anteriores demuestra que la exploración espacial actúa como catalizador de innovación, con aplicaciones que trascienden el sector. En este contexto, Artemisa se posiciona no solo como un programa de exploración, sino como una plataforma de desarrollo tecnológico con impacto potencial en múltiples industrias.
Un programa concebido desde la cooperación
A diferencia de iniciativas anteriores, Artemisa nace como un programa internacional abierto. Este enfoque permite la participación de múltiples actores, desde agencias espaciales hasta industria y centros de investigación, introduciendo una dimensión de cooperación global en la exploración lunar. Europa desempeña un papel estructural dentro de esta arquitectura, especialmente a través de su contribución a la nave Orion. Aproximadamente la mitad del vehículo se desarrolla en el continente europeo, reflejando el carácter compartido del programa.
A escasos momentos del despegue de Artemisa II, el director general de la Agencia Espacial Europea (ESA),Josef Aschbacher, ha situado a Europa en una posición central dentro del programa lunar, en un contexto que calificó como “el umbral de un regreso histórico”: el retorno de astronautas a la Luna más de medio siglo después del Apolo 17.
Aunque la misión vuelve a estar liderada por la Nasa, la ESA ha querido enfatizar el carácter internacional de Artemisa, alejándose del enfoque exclusivamente nacional de programas anteriores. “Esta vez, Europa está en el corazón de la misión”, destacó Aschbacher, en referencia al papel estructural que desempeña la agencia en la arquitectura del programa.
La contribución europea se articula en torno al Módulo de Servicio Europeo (ESM), integrado en la nave Orion y considerado un elemento esencial para el desarrollo de la misión. No se trata únicamente de un componente de apoyo, sino de un sistema que proporciona funciones críticas para la supervivencia de la tripulación.
El Módulo de Servicio Europeo es el encargado de proporcionar propulsión, energía y recursos esenciales para la supervivencia de la tripulación. Con más de ocho metros de envergadura y una masa superior a 13 toneladas, integra sistemas de generación eléctrica, control térmico y suministro de consumibles.
Desde la ESA insisten en que su papel no se limita a habilitar la misión, sino que constituye uno de sus pilares fundamentales: “No solo estamos haciendo posible esta misión, la estamos impulsando”, subrayó el director general.
En total, participan 13 Estados miembros de la ESA, junto con Estados Unidos, en un entramado que incluye 20 contratistas principales y más de 100 proveedores europeos, todos ellos coordinados bajo la gestión del programa de la agencia.
Dentro de esta contribución, la industria española participa de forma activa. Airbus, a través de Airbus Crisa en Madrid, desarrolla las Unidades de Control Térmico (TCU), responsables de regular las condiciones internas del módulo. Cada ESM incorpora dos de estas unidades, capaces de gestionar más de 230 sensores, controlar más de 100 calentadores y operar las bombas que suministran aire y agua. Su capacidad energética alcanza los 1,4 kW, permitiendo mantener condiciones habitables en un entorno extremadamente hostil. “Sin estos sistemas, los astronautas no podrían sobrevivir”, señala Jesús Ortiz, responsable de la arquitectura de las TCU en Airbus Crisa, quien destaca además el carácter pionero del proyecto.











