Lanzado al cielo nocturno el 19 de diciembre de 1999 desde la Base Aérea de Vandenberg —actualmente Base de la Fuerza Espacial—, el satélite Terra se convirtió en la primera misión insignia del Sistema de Observación de la Tierra (EOS) de la Nasa. Concebido inicialmente para una vida operativa de seis años, el satélite ha superado con creces sus expectativas, prolongando su actividad científica durante casi dos décadas adicionales y consolidándose como uno de los pilares de la observación global del planeta desde el espacio.
Terra fue diseñado para estudiar la superficie terrestre mediante una serie coordinada de satélites en órbitas polares y de baja inclinación, capaces de generar observaciones globales a largo plazo. Estos datos han permitido avanzar en la comprensión de las interacciones entre la atmósfera, la tierra, la nieve y el hielo, los océanos y el balance de energía radiante de la Tierra. Sin embargo, en 2020 los científicos de la misión dejaron de realizar ajustes de inclinación, permitiendo que el satélite comenzara a desviarse lentamente de su órbita controlada. Paralelamente, el equipo ha iniciado el proceso de apagado progresivo de sus cinco instrumentos clave como paso previo a su retirada definitiva.
“El impresionante legado humano de Terra se debe a que la historia de la misión está profundamente ligada a iconos de la Nasa”, señaló Nyssa Rayne, coordinadora de divulgación y comunicaciones de Terra en el Centro de Vuelo Espacial Goddard. Según explicó, la misión sigue beneficiándose de figuras de referencia, incluidos el actual científico del proyecto y expertos en calibración y validación de instrumentos que han marcado su desarrollo de forma decisiva.
Una misión concebida para comprender el sistema Tierra
El objetivo de Terra fue, desde su concepción, mejorar el conocimiento del sistema terrestre en su conjunto. Antes de su lanzamiento, la comunidad científica disponía de información limitada sobre la interacción entre la superficie terrestre y la atmósfera a escala regional y continental, así como sobre la cuantificación de propiedades superficiales como el albedo, la rugosidad, la evaporación o la fotosíntesis a partir de datos satelitales.
Para cubrir estas lagunas, Terra fue diseñado, construido y programado como una plataforma capaz de adquirir observaciones integradas y continuas. Con unas dimensiones aproximadas de siete metros de largo y tres metros y medio de ancho, el satélite fue colocado en una órbita a 705 kilómetros de altitud mediante un lanzador Atlas-Centaur IIAS. Su trayectoria fue cuidadosamente calculada para cruzar el ecuador a las 10:30 hora local, un momento del día en el que la nubosidad ecuatorial suele ser mínima, optimizando así la calidad de las observaciones.
Cinco instrumentos para una visión global
Originalmente denominado EOS-AM, el concepto de Terra se gestó en la década de 1980 y se materializó en los años noventa, incorporando la experiencia acumulada en programas anteriores como UARS, Landsat, TOPEX/Poseidon y los instrumentos TOMS. Tras extensos debates científicos, se decidió dotar al satélite de cinco instrumentos capaces de aportar datos relevantes a múltiples disciplinas de las ciencias de la Tierra.
Se trata de un esfuerzo internacional que integra instrumentación desarrollada en Estados Unidos, Japón y Canadá. El conjunto incluye el radiómetro ASTER, orientado a la obtención de imágenes de alta resolución en 14 longitudes de onda; CERES, dedicado a medir el balance radiativo terrestre y las propiedades de las nubes; MOPITT, centrado en el análisis del monóxido de carbono en la troposfera; MISR, diseñado para estudiar el destino de la radiación solar y diferenciar tipos de nubes, aerosoles y superficies; y MODIS, que combina datos de varios instrumentos para evaluar el impacto de nubes y aerosoles en el balance energético del planeta.
Entre estos instrumentos, ASTER ha destacado por su capacidad para generar imágenes de alta resolución y mapas detallados de la superficie terrestre. Según explicó Michael Abrams, investigador principal estadounidense del instrumento en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la Nasa, sus datos topográficos precisos tienen aplicaciones que abarcan desde la ingeniería y la exploración energética hasta la gestión ambiental, la planificación urbana o el estudio de incendios forestales.
ASTER fue desarrollado en colaboración entre la Nasa y varias instituciones japonesas, y está compuesto por tres telescopios —visible e infrarrojo cercano, infrarrojo de onda corta e infrarrojo térmico—, aunque uno de ellos ya no se encuentra operativo. Su capacidad para generar imágenes estereoscópicas y analizar múltiples bandas del espectro electromagnético ha permitido estudiar la temperatura de la superficie, la reflectancia, la emisividad y la topografía terrestre, contribuyendo a una mejor comprensión de los procesos que influyen en el clima y en la dinámica de la superficie del planeta.
Con el inicio de su fase de retirada, Terra deja tras de sí un legado científico y tecnológico que ha marcado un antes y un después en la observación de la Tierra desde el espacio, sentando las bases de numerosas investigaciones y misiones posteriores.











